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domingo, 7 de marzo de 2010

Attila desde el Met

Esta entrada debía ser mucho más larga. Lo era, en origen. No obstante, por más que lo intento, no puedo racionalizar demasiado sobre lo que viví ayer a través de la radio. Así que escogeremos el camino más directo. Diré que es una de las mejores experiencias que haya sentido a través de las ondas; una representación que, pequeños defectos aparte, me tuvo presa de una suerte de trance desde las primeras notas del preludio hasta que se cerró el telón. Gracias a Verdi, gracias a Muti. Gracias a una orquesta del Met que era ayer puro fuego, tan alejada del monótono, mortecino acompañamiento de otras ocasiones. Gracias a unos cantantes que, con todos los posibles defectos a cuestas  en estos tiempos tan difíciles para el canto verdiano, eran llevados en volandas por su director y apechugaron bastante bien con sus papeles. Destacando especialmente el protagonista, Abdrazakov - aunque espero que con el tiempo desarrolle una mayor "individualidad" - y la indispuesta Urmana, que aun así salió airosa de su desafío, interpretar a la temible Odabella -y ella era la que más dudas me inspiraba-. Me llamaron la atención las variaciones que introdujo Vargas -¿cosa de la nueva edición crítica, o concesión de Muti?- en su cabaletta Cara patria. En todo caso y con todos los defectos que le queramos buscar, una gran tarde verdiana en directo como las que hacía mucho, mucho tiempo que no disfrutaba. Una muestra más de que la ópera está viva, y que no hay por qué limitarse a sollozar amargamente sobre los discos de pizarra por unos tiempos que no hemos conocido y que nunca volverán.


ATTILA 
Verdi-Solera

Attila..................Ildar Abdrazakov
Odabella................Violeta Urmana
Foresto.................Ramón Vargas
Ezio....................Giovanni Meoni 
Leone...................Samuel Ramey
Uldino..................Russell Thomas

Conductor...............Riccardo Muti

viernes, 30 de octubre de 2009

Attila: arias alternativas; Oh Dolore!

 
Oh dolore! según Pavarotti... y Abbado
Con ocasión del estreno de Attila en la Scala, Verdi compuso un aria alternativa para Foresto, Oh Dolore, a insertar en el Acto III. No era una práctica inhabitual en aquellos tiempos, y nuestro compositor se había sometido a ella, de grado o no, en diversas ocasiones. Sin ir más lejos, había hecho lo mismo para el tenor Ivanoff en Ernani y para las representaciones de Attila en Trieste. Esta vez, el destinatario del aria que sustituía a  Che non avrebbe il misero fue  Napoleone Moriani (1806-1878, otros dan como fecha de nacimiento 1808), conocido por su especialización en las escenas de agonía. De ahí su sobrenombre de tenor de la bella muerte...

En especial se hizo famosa su interpretación de Edgardo en Lucia di Lammermoor. Donizetti escribió para él el aria de Gennaro Madre, che ognor lontano, para insertarla en Lucrezia Borgia. Moriani y Verdi se conocían desde los tiempos de Nabucco. Entonces, para los aficionados al cotilleo histórico, el tenor y la Strepponi, que sería la segunda esposa del compositor mantenían, al parecer, una borrascosa relación de la que nacieron dos hijos. El estreno de Attila en el teatro milanés fue accidentado. Recordemos que su empresario, Merelli (que fuera primer valedor de Verdi), había descrito la ópera como espantosa. Y, aunque habría preferido comenzar la estación con Alzira y prescindir de los costosos servicios de Moriani. Merelli acabó claudicando. Pero la ópera se representó en pésimas condiciones escénicas; su compositor se puso furioso y la brecha abierta entre él y el teatro de sus primeros éxitos se ensanchó aún más.  De hecho, al firmar el contrato con Ricordi para la publicación de Macbeth dejó claro que una de sus condiciones era que nunca se representara en la Scala. Aún estaba demasiado fresco el ejemplo de Attila.  ¿Puede esta ópera ser puesta peor en escena, a pesar de una buena compañía?, dijo. En lo que a Moriani respecta, fue aplaudido "con furor", según Emanuele Muzio, que además dejó testimonio del malestar del público al ver tratada tan bárbaramente la obra de Verdi. 
Verdi había entregado a Moriani la partitura con una nota en la que le decía que podía hacer con ella lo que quisiera. Y el de la bella muerte hizo lo que quiso, esto es, venderla casi de inmediato. Algo no demasiado usual por entonces; los cantantes solían quedarse con las arias que se componían ex profeso para ellos. Pero de Oh dolore! (cuyo texto tiene un origen nada claro y ha llegado a atribuirse al propio Moriani) se podían encontrar reducciones para piano un año más tarde de que se cantara en la Scala. Un destino muy diferente al del aria compuesta para Ivanoff, que permaneció en manos privadas durante largo tiempo. Para completar, escuchemos a Domingo interpretando las arias del Prólogo y del Acto III, tanto la "oficial" como la "alternativa" en este último caso. El vídeo es de rgraz1022.



Oh dolore! Ed io viveva
Sol pensando alla spergiura!
Fin l'esiglio a me parea
Men deserto e men crudel
Ogni colpo di sventura
Mi feria ma non nel core
Fui beato in quell'amore
Come un angelo nel ciel


jueves, 22 de octubre de 2009

Attila: pequeña (y personal) discografía

Es por todos conocido que el Verdi joven, o la mayoría de él al menos, estuvo, durante la primera parte del siglo XX, bastante olvidado. Comparemos, por ejemplo, a qué fecha se remontan las primeras grabaciones completas de La Traviata o Rigoletto y pensemos cuándo aparecen las de Nabucco  o la ópera que nos ocupa, Attila. Después, las ha habido que se han colocado mejor en el repertorio que otras. Attila ha tenido suerte. Miremos en la base de datos de Verdi Disco (muy recomendable página para los que somos fans del de Busseto) y encontraremos treinta y nueve grabaciones de distintas procedencias dedicadas a la peripecia del rey de los hunos. Para una ópera que conoce su primera grabación de estudio en fecha tan tardía como 1972, no está nada mal. Así que vamos a repasar unas cuantas de las que yo (con toda mi inoperancia para términos técnicos a cuestas) recomendaría para un acercamiento a Attila.



Así me la aprendí yo, como decían en no recuerdo qué programa ya fenecido. Esta grabación en estudio  fue mi primer Attila, ópera que me atrapó desde el bellísimo preludio. Tantas veces la escuché que acabé cargándome el disco (al que recientemente acabé sustituyendo por una copia legítimamente adquirida). Desde luego se le pueden poner pegas a algunos miembros del reparto. Aunque no a su protagonista Samuel Ramey, que parece haber nacido para cantar Attila, hasta tal punto que a veces da la impresión de que haya sido compuesto para él.  El DVD de la Scala con más o menos la misma distribución nos demostró,que incluso tenía el physique du rôle. La Odabella de la entonces omnipresente Cheryl Studer es bastante más problemática. Como los lectores sabrán, su estatus de estrella en los ochenta y primeros noventa hizo que cantara prácticamente de todo, un repertorio inabarcable que acabó pasándole factura.  Zancanaro, ese cantante que al principio no me decía gran cosa (desde el punto de vista expresivo, se entiende), es un barítono al que he comenzado a apreciar recientemente, cada vez más. Me dieran muchos (oh tópico) como él ahora. Shicoff cumple bien con el ingrato papel de Foresto. Riccardo Muti debe amar esta partitura verdiana, que lleva en repertorio desde los setenta, que llevó al Maggio y a la Scala y que marcará también su tardío debut en el Metropolitan de Nueva York. Se nota, porque la dirige como nadie; pocas veces ha sonado tan bella la música de Attila, con una orquesta que sabe cantar. Eso sí, los amantes de  los agudos de regalo tendrán que convivir con una perspectiva diferente de la suya.

Patané/Ghiaurov, Cappuccilli, Orlandi Malaspina, Veriano Luchetti. Coro yOrquesta del Teatro de la Scala de Milán, 1975. Varios sellos.

Retrocediendo en el tiempo, y esta vez en una grabación en directo, nos encontramos con otra de las grabaciones de Attila que se han colocado siempre en la lista de recomendadas.  Se trata de una toma en directo procedente de la Scala, publicada por diversas "casas" como Myto o Bongiovanni. El sonido es razonablemente bueno, y el reparto lujoso, encabezado por Ghiaurov y Orlandi Malaspina. Además de que también están Cappuccilli y Veriano Luchetti.  Especial mención al omnipresente  Piero di Palma, ese eterno secundario.  De Ghiaurov tenemos, además de este, otros registros de Attila, como por ejemplo el de 1972 en Florencia (Muti) o los de 1980 en Chicago (Bartoletti) y Viena (Sinopoli), pero no llegó a grabarlo en estudio. Tal vez su adecuación al papel no sea tan impresionante como lo es la de Ramey, pero aun así, es un buen Attila. Acompañando a Ghiaurov, una buena Odabella como la Orlandi Malaspina; cierran el reparto Cappuccilli y Veriano Luchetti, ambos serían Ezio y Foresto en otras grabaciones (el primero en la de Viena con Sinopoli, el segundo figura, por ejemplo, en el DVD de la Arena de Verona con Chiara y Nesterenko). Patané está bien, pero hace alguna cosa rara, supongo que la culpa es de la edición utilizada en esta representación de la Scala. El sonido no está mal.


Gardelli/Raimondi, Deutekom, Milnes, Bergonzi. Ambrosian Singers. Royal Philharmonic Orchestra. Philips, 1972.

Al duo Philips-Gardelli los verdianos de pro debemos mucho, sobre todo en lo que respecta al Verdi juvenil. Para aquellos que no lo sepan, decir que la casa discográfica tuvo en su día la idea de grabar una integral verdiana, idea que no llegó a materializarse totalmente, pero que nos dejó registros de estudio de obras hasta entonces difíciles de encontrar en disco o simplemente con un sonido soportable. En el caso de Attila, también fueron pioneros, ya que esta es la primera toma en estudio (1972). Protagonista de ella es Ruggero Raimondi, aunque el Foresto de Carlo Bergonzi (EL Foresto por excelencia) es un robaplanos de primera. Raimondi no es santo de mi devoción y todos los juicios que pueda emitir al respecto están empañados por eso. Dramáticamente siempre se ha defendido bien, eso hay que reconocerlo. Le acompaña la Deutekom, una soprano todoterreno que lo mismo cantaba Amelias que Abigailles, Reinas de la Noche o Elviras (Puritani) y que quizá es menos conocida de lo que merecería. Más o menos como pasaba con Raimondi, no soy especialmente partidaria de Milnes, que aquí interpreta a Ezio. Bergonzi, como se ha dicho, es Foresto y eso no tiene vuelta de hoja. Ya he dicho lo de la gratitud eterna a Gardelli por su dedicación al Verdi temprano; pero, aparte de eso, su dirección resulta bastante anónima.


Muti/Raimondi, Stella, Guelfi, Cecchele. Coro y Orquesta de la RAI de Roma. Varios sellos. 1970.

Seguimos con nuestro viaje hacia atrás en el tiempo, esta vez para detenernos en una grabación de 1970 procedente de la radio italiana, editada por Opera d'Oro con un sonido bastante bueno. Volvemos a encontrarnos con el Attila de Ruggero Raimondi, para el que vale más o menos lo dicho más arriba. Su Odabella es algo más peculiar, pues nadie asociaría inmediatamente a la Stella a ese tremendo papel, y menos en las postrimerías de su carrera, como estaba en aquel entonces. Soluciona la papeleta con bastante soltura, pese a los años, aunque no faltará quien la note bastante desbordada en la escena del Prólogo. Esta sí es de mis Odabellas favoritas (es la ley que le tengo a la Stella). El señor Guelfi padre se cantaba entonces todos los Ezios habidos y por haber (¿por qué?), empezando por la primera grabación del 51 y terminando con esta. Cecchele canta a la  Del Monaco... salvando la inmensa distancia entre original y copia. Dirige Muti en su primer acercamiento a Attila.  Hay otra grabación de 1972 (con Ghiaurov, Gencer, Mittelman y Luchetti), pero el sonido es bastante peor. En esta de 1970 nos encontramos con un sonido bastante bueno; se trata de una grabación para la RAI, aunque con presencia de público, que se hace notar de vez en cuando.

Bartoletti/ Christoff, Roberti, Guelfi, Limarilli. Coro y Orquesta del Teatro Comunale de Florencia. Varios sellos. 1962.
La edición de Opera d'Oro (que es la que obra en mi poder) tiene un sonido bastante aceptable, y en algunas discografías no puestas al día que he consultado figura como la más antigua grabación de Attila (la de 1951 se daba por perdida). Christoff fue uno de los cantantes que contribuyeron a devolver en cierta medida a Attila al repertorio. A decir verdad, no me gusta mucho su concepción del personaje, que noto un tanto ogresca. Margherita Roberti canta la Odabella, añadiendo de vez en cuando alguna cosa de su cosecha. Guelfi, ese eterno Ezio, también andaba por ahí. El sonido es más que aceptable para la época. Bartoletti puede parecer un poco lento, pero aporta la tensión necesaria a las peripecias del rey de los hunos y compañía.

Además, tenéis más opciones. Por ejemplo, la pionera con Giulini, Italo Tajo, Caterina Mancini y Gino Penno... y  el omnipresente Guelfi. Una grabación de 1951 que surgió a raíz del cincuentenario verdiano. El problema es el sonido, al menos en la copia de que dispongo, que no deja apreciar demasiado bien el desempeño de los cantantes o de Carlo Maria Giulini (uno de mis directores irrenunciables, y el primero que, como comenté tiempo atrás, me hizo entender lo que contaba la batuta en una grabación operística). También está la dirigida por el malogrado Sinopoli en Viena, con Ghiaurov y Cappuccilli flanqueados por, ay, Mara Zampieri, editada por Orfeo. Ni Sinopoli me hace demasiada gracia en Verdi ni Mara Zampieri en general. Para mí merece la pena por Cappuccilli y Ghiaurov. Pero como siempre, lo importante es explorar por uno mismo.

lunes, 5 de octubre de 2009

Attila: los personajes y su origen histórico. "El último de los romanos"

 
(La "banda sonora" pertenece a Händel, otro compositor que reflejó operísticamente a 
Ezio, aunque, al contrario que Verdi, en su caso fue protagonista y no secundario)

El hombre que detuvo a Atila en las Galias (aunque curiosamente no lo aniquiló cuando tal vez habría tenido la oportunidad) nació, se supone, en torno a 396 y murió un año después que el rey de los hunos, en el 454. Pero al contrario que ocurre con Atila, en el caso de Flavio Aecio, el último de los romanos, las causas de la muerte son meridianamente claras. Valentiniano III ordenó su asesinato (o, según las fuentes, se encargó él mismo del trabajo sucio). Estaba celoso de la popularidad de Aecio y por tanto se deshizo de él. Pagaría la sangre del general con la suya propia, ya que al año siguiente el emperador encontró la muerte a manos de dos antiguos oficiales de Aecio.
Flavio Aecio llevaba sangre de bárbaros en las venas. Su padre era de origen escita, y su madre una noble romana de pura cepa. Orígenes aparte, tuvo oportunidad de aprender muy bien cómo vivían y pensaban los hombres contra los que más tarde lucharía. En su adolescencia, Ezio había sido rehén de Alarico I y del rey huno Rugila, el predecesor y tío de Atila. De ahí que haya quien asegure que Atila y Aecio se habrían conocido bien cuando eran prácticamente unos niños. 
La carrera militar de Flavio Aecio comenzó en la Galia, donde sirvió como Magister Equitum (un título que ya existía durante la Monarquía romana, y que, tras haber desaparecido en el  siglo II a.C, se resucitaría durante el Bajo Imperio, siempre ligado a militares de prestigio). Aecio acabó por convertirse en el  hombre más importante del Imperio Occidental; el único hombre que podía competir con él era el Conde Bonifacio, con el que acabaría enfrentándose en una batalla que perdió. Pero su rival había resultado mortalmente herido, y Aecio quedó en solitario como gobernante virtual del Imperio de Occidente. Valentiniano III, del que fue nombrado tutor (a la fuerza, al parecer) por Gala Placidia , era demasiado joven para reinar. 

Attila en la Galia. ¿Qué haría yo sin Wikipedia?
Fue su campaña contra Atila la que le valió el sobrenombre de último romano. Aunque lo cierto es que había utilizado mercenarios hunos con anterioridad (sobre todo para hacer valer su posición ante la Corte de Rávena y ante su rival Bonifacio), y que, mal de su grado, había tenido que asistir a la pérdida de las provincias de Africa, en las que se estableció un reino vándalo. Ni únicamente "romano" (hacía mucho tiempo que el Imperio recurría a mercenarios) el ejército que, bajo su mando, se enfrentó al de Atila en los Campos Catalaúnicos. De hecho, para detener el avance de los hunos, Ezio se alió con Teodorico, el rey visigodo, y bajo el rey bárbaro y el "último de los romanos" lucharon hombres romanos, alanos, visigodos, burgundios y francos. Lo que se suele decir es que naturalmente a Teodorico no le hacía demasiada gracia que los hunos tomasen fuerza frente a los visigodos. Más valía luchar junto a los romanos. El rey visigodo murió en el combate. Su hijo fue nombrado rey sobre el mismo campo de batalla y despachado lejos de allí por Aecio. Este no aprovechó su victoria para perseguir a los hunos, lo que siempre ha causado bastantes interrogantes.
Aunque Aecio no pudo impedir la invasión de Italia por parte de Atila, su popularidad se mantuvo alta, e incluso llegó a pensar en emparentar con la familia imperial, mediante un matrimonio entre su hijo Gaudencio y la hija de Valentiniano, Placidia. El emperador sospechaba que tal vez Aecio pretendía ocupar su lugar. Tradicionalmente se ha dicho que Aecio murió por mano del propio Valentiniano.  El obispo Sidonio, al saber de la muerte de Aecio, le habría espetado al emperador: "Habéis actuado como un hombre que se corta su mano derecha con la mano izquierda".

jueves, 24 de septiembre de 2009

Attila: del drama de Werner al libreto

En su obra De l'Allemagne (generalmente considerada como una especie de manifiesto del Romanticismo), Germaine Necker, más conocida como Madame de Staël, incluía un análisis de las obras de Zacharias Werner, que en 1808 estrenaría su drama Attila (quien tenga tiempo y conocimientos suficientes de lengua alemana puede leerlo aquí). La Staël sentía curiosidad por el personaje, que se había convertido en uno de sus habituales de su residencia en Coppet. En cuanto a Werner, la admiraba... hasta llegar a cotas alarmantes (en cierta ocasión cayó de rodillas delante de la dama y rompió a llorar, así, sin más). Antes de resumir algunos de sus dramas, la Staël había escrito: Desde que Schiller ya no existe y Goethe ha dejado de escribir para la escena, es Werner el primer dramaturgo de Alemania; nadie sabe como él mezclar la tragedia con el encanto y la dignidad de la poesía antigua; sin embargo, eso que le hace tan admirable como poeta, es perjudicial para su éxito en el teatro. Sus piezas, que son de una rara belleza, si sólo nos fijamos en las canciones, en las odas, en los sentimientos religiosos y filosóficos que abundan en ellas, son criticables en cuanto dramas de acción. No es que Werner carezca de talento teatral, o incluso que no esté familiarizado con sus efectos menos que la mayoría de los escritores alemanes; pero parece como si deseara propagar un sistema de amor y religión con la ayuda del arte dramático, y que sus tragedias son el medio que usa para ello, en vez de un fin.

 Madame de Staël incluía a continuación el resumen de algunas de sus obras, entre ellas Lutero y Attila. Esta, estrenada en 1808, se convirtió en un éxito, aparte de en objetivo de la censura napoleónica por razones bastante fáciles de adivinar. El plantel de personajes de este Attila en cinco actos, así como su argumento, son bastante más embrollados que en Verdi; aparte  del rey de los hunos, de Ezio y de Hildegonda, su vengativa prometida, aparece la corte imperial en pleno, con Valentiniano, Gala Placidia y la princesa imperial Honoria, enamorada de Attila, el hijo de este... En esencia, la historia es muy similar. Hildegonda, princesa burgundia que ha perdido a su padre y a su prometido Walter (al que  resucitaría como Foresto en la obra de Verdi) en la toma de Aquileia,  jura vengarse de Attila. Hace todo lo posible para convertirse en su esposa, se gana su confianza curando sus heridas y convence al huno de que lo ama. Paralelamente, tiene lugar el famoso encuentro con el Papa León que además guía a Honoria hasta el campamento de los hunos la misma noche de bodas de Attila (lo que hizo a un crítico tachar la obra de "disparate"). Hildegonda mata en primer lugar al hijo de este, Irnak, cuyo cuerpo arrastra hasta la tienda de Attila. Después, mientras Attila se abraza al cadáver del muchacho, termina la tarea con el padre. Los hunos irrumpen e Hildegonda se proclama orgullosa la autora del doble crimen, antes de arrojarse sobre la espada para evitar el castigo. Sus últimas palabras las recoge el papa León. Sabedor de sus propósitos ha intentado impedirlos, advirtiendo a la vengativa mujer que el asesinato supondría su condena eterna. Hildegonde proclama su eterno amor por Walter y muere, mientras León cierra sus ojos y los de Attila y se entona un himno de alabanza. En cuanto a Aecio, hace tiempo que ha muerto en batalla. Total, que incluso en el drama de Werner ya resultaba más simpático el bárbaro que la civilizada Hildegonde. Al menos Odabella no es una infanticida.



Según Budden, el primero en sugerir el tema a Verdi habría sido Andrea Maffei en la primavera de 1845. Además, habría facilitado el interés del compositor aportando una sinopsis del embrollado drama de Werner. A Verdi le gustaron la historia y los personajes, y le llamó especialmente la atención el verso en el que Aecio le ofrecía al soberano huno compartir el mundo entre ambos, respetando la soberanía de Roma. Resulta curioso el viaje de ida y vuelta del libreto. Las primeras sugerencias de Verdi (la resurreción del prometido en el personaje de Foresto,  que Aecio llegase vivo al final de la ópera) fueron enviadas a Piave, pero Solera sería el encargado de escribir el libreto. Ya se ha avanzado en otra entrada como, finalmente, el responsable de los últimos toques sería Piave. Solera prescindió de muchas escenas y personajes, conservando sólo los estrictamente necesarios y poniendo especial énfasis en las posibilidades patrióticas de la obra de Werner. Así se clarificó la acción, aunque no se haga más verosímil. Fue preservada la escena en la que la heroína impide que Attila beba de una copa envenenada, aunque se incluyó aquí el "apagón" de las antorchas que en el drama original sucedía más adelante, durante la boda de Attila e Hildegonde. Verdi estaba tan entusiasmado por el tema que escribió a su editor parisino planteándole la posibilidad de expandir la ópera para adaptarla a la escena francesa (lo que habría supuesto traducción, inclusión de bailables, etc). Pero el trabajo se ralentizó. Por un lado, la salud del compositor no era buena. Segundo, porque Solera acabaría en España en pos de su esposa, autorizando a Piave a seguir elaborando el libreto. Quedaba el último acto por terminar y Verdi le ordenó a su colaborador que se concentrara lo más posible en las individualidades, evitando el uso de la banda interna o de los coros.  Cuando el trabajo estuvo terminado, Verdi le mandó a Solera una copia por si quería hacer algún cambio. Junto a la copia iba la advertencia: la música ya estaba compuesta en su mayoría. A Solera se le cayó el alma a los pies. Había pensado en un himno solemne para terminar la obra. La carta de Verdi había sido un golpe mortal. Dio su abierta opinión sobre el último acto: el final, tan apresurado, le parecía una parodia. Fue la última colaboración entre Verdi y Solera, que tan buenos frutos había dado hasta entonces.



vídeo de Oneguin65





domingo, 20 de septiembre de 2009

¡Viva V.E.R.D.I!



Hagamos un ejercicio de imaginación. Por un momento, pensemos que nos encontramos en la Fenice de Venecia el día del estreno de Attila y que Ezio repite en varias ocasiones a lo largo de su dúo con Attila la frase Avrai tu l'Universo, resti l'Italia a me. En una situación en la que se estaba luchando por la unidad italiana y la independencia de Austria, la alusión no podía pasar desapercibida. Como ya se comentó, la respuesta del público cuando se cantaba esa frase era A noi, l'Italia a noi! El componente patriótico -y ya veremos como Attila es una de las óperas con más alusiones de ese tipo- fue una de las causas del triunfo de la nueva obra, y es una de las ocasiones en las que se puede asociar la música de Verdi con el Risorgimento y con la unidad italiana. Todo había comenzado varios años antes, acaso por azar.
Cuando Verdi estrenó Nabucco en la Scala en 1842 (después de pasar por una verdadera crisis, no sólo por el fracaso de su anterior ópera, Un giorno di regno, sino por el fallecimiento de su esposa y sus hijos) tal vez no era consciente de lo que el celebérrimo (y maltratado, y en ocasiones odiado precisamente por eso) Va, pensiero iba a organizar no ya en aquella representación (parece que la leyenda del bis en el estreno es falsa y que en realidad el público pidió la repetición de Immenso Jehova), sino en los años sucesivos. Se convertiría en una especie de himno oficioso de los patriotas italianos, que se identificaban con los israelitas exiliados en Babilonia. Haciendo nuevamente un ejercicio de imaginación, podemos imaginar lo que podía desatar escuchando lo que ocurrió en una representación en el San Carlo de Nápoles, en 1949. Los impacientes vayan al minuto 3:49, que es el momento en que todo se desencadena (naturalmente se pide el bis y este es concedido):





Sorprende que, pese a todos los problemas que Verdi tuvo con la censura, estos fueran más de índole moral que político. Si Nabucco no tenía una intencionada finalidad patriótica, sí parece que fue el caso de la siguiente ópera verdiana, también estrenada en la Scala. Se trataba de I Lombardi alla Prima Crociata (luego readaptada como Jérusalem para la escena francesa, aunque se puede decir que se trata de dos óperas muy distintas y no de una simple "traducción"). Verdi volvió a contar con Solera como libretista, y de nuevo, como en Nabucco, la dedicatoria fue destinada a un miembro de la familia imperial de los Habsburgo. Esta vez (como en Oberto) se trataba de Maria Luisa, entonces Duquesa de Parma, la que fuera segunda esposa de Napoleón I. Los protagonistas de esta ópera eran más cercanos en el tiempo y en el espacio geográfico que los de Nabucco, y además evocaban claramente a la Lombardía en otro coro que alcanzaría casi la misma importancia que el ya citado...  O Signore, dal tetto natio, que aquí podemos escuchar con el coro de la Scala, bajo la batuta de Gianandrea Gavazzeni:

vídeo de gabrielpadilla


Volvamos a Attila, que tiene una gran concentración de declaraciones de este tipo; prácticamente todos los personajes (salvo el rey de los hunos) tienen ocasión de lanzar su "proclama", por así decirlo. La primera en hacerlo es la temible (sobre todo para las sopranos) Odabella, cuya primera intervención en el Prólogo queda consagrada al fervor patriótico y al deseo de venganza. Escuchemos la grabación de Joan Sutherland, que grabó la escena de Odabella pero no el papel completo:

vídeo de LindoroRossini

Después llega el duo Ezio-Attila, con la famosa frase. Lo cierto es que le podríamos dar una lectura menos favorable al personaje del general romano, que le pide al rey huno que le deje gobernar Italia, ofreciéndose a cambio a ayudarlo a conquistar el resto del debilitado Imperio. Podría tomarse como una traición al Emperador, y eso es lo que insinúa Attila... La frase de Ezio Avrai tu l'Universo, resti l'Italia a me se repite en al menos media docena de ocasiones:


video de gtelloz

Aunque a veces resulta fácil olvidarse de su existencia (pues resulta muy desdibujado ante la fuerza de los otros tres personajes), en esta ópera además hay un tenor: Foresto. Su escena al final del prólogo  comprende el aria Ella in poter del barbaro, en la que se lamenta por la captura de Odabella, y Cara patria, la cabaletta en la que (no olvidemos dónde se estrenó esta ópera) Foresto vaticina el renacimiento de su ciudad destruida y el surgimiento de Venecia a orillas de esa laguna en la que los fugitivos de Aquileia han encontrado amparo. Se la escuchamos a Carlo Bergonzi:







Las obras de los años de galeras posteriores a Attila siguen imbuidas de ese fervor patriótico al que Verdi, después de el posible accidente de Nabucco, no podía permanecer ajeno. En 1847 se estrenaba Macbeth, primer encuentro de Verdi con Shakespeare, una relación que daría inmejorables frutos. Sobre todo cuando al Maestro y al Bardo se unió Boito como libretista. Como todos sabréis, la partitura fue revisada en 1865, con ocasión de unas funciones parisinas. La versión en italiano -estrenada en 1874- de esta edición parisina es la que más conocemos hoy. Las diferencias son muy marcadas.   Por ejemplo, el coro de escoceses exiliados, Patria oppresa, se escuchó así en 1847:
 
video de gtelloz
... Y así en la revisión posterior:

vídeo de LaVoceDiOpera
La versión original de Macbeth tenía otro coro de similares características, La patria tradita.
Los versos de Maffei (La patria tradita/ piangendo ne invita!/Fratelli gli oppresi/ corriamo a salvar/ Già l'ira divina/sull'empio ruina;/ gli orribili eccessi/ l'Eterno stancar) serían preservados en la cabaletta de Macduff y Malcolm, acompañada del coro:

Cerremos con La Battaglia di Legnano, estrenada en Roma en 1849. Aquí no hay alusiones que valgan.  Todo se dice de forma muy directa. Escuchemos el coro con el que la ópera se abre:


Era natural. Para cuando se estrenó La Battaglia di Legnano, la situación era muy diferente a la del estreno de Nabucco, después del revolucionario año de 1848, con Italia inmersa en la guerra contra Austria, una guerra que no le iba demasiado bien, por cierto. En Roma, abandonada por el Papa, se había proclamado la República. El estreno  en enero de 1849 fue un verdadero éxito, con un público delirante que se deshacía en aclamaciones y en vivas a Italia y a Verdi. Que los italianos perdieran esta primera guerra de independencia no le vino  precisamente bien a una ópera como La Battaglia di Legnano, censurada y reconvertido su libreto en otro que evitaba las alusiones a la unidad italiana. Pero ya hacía demasiado tiempo que Verdi estaba en el imaginario colectivo unido al Risorgimento; no en vano Viva V.E.R.D.I. quería decir Viva Vittorio Emmanuele Rè d'Italia.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Verdi: Attila. Los personajes y su base histórica. El "Azote de Dios".

Hace ya muchos años y dentro de una entrañable colección llamada Memoria de la Historia (hoy desaparecida, aunque los volúmenes siguen encontrándose por tiendas de lance o son reconvertidos en las editoriales  de bolsillo) leí un libro en el que se combatía los errores y tópicos relacionados con ciertas figuras y hechos históricos. La muerte de Cleopatra o el pánico universal del "año 1000" eran algunos de los temas tratados. También se hablaba de la mala prensa de Atila, el rey de los hunos, que no habría sido la figura sanguinaria que pintan las crónicas de los historiadores romanos (que naturalmente no iban a darle buena prensa). Al menos, no tan sanguinaria. Fue el primer contacto "serio" con esta figura de la que sólo conocía anteriormente la celebérrima frase sobre su montura. Lo cierto es que la investigación no fue mucho más allá.
Hagamos un breve resumen, ya que, como decía en una entrada anterior, Attila tiene ciertos puntos en común con la realidad histórica, incluída la muerte de Atila en plena noche de bodas (aunque probablemente no a manos de su flamante esposa, pero eso ya lo veremos). 
Unas cuantas décadas antes de la invasión de Atila, un historiador romano (más concretamente Amiano Marcelino) había descrito a los hunos como animales bípedos que se sentaban en sus caballos feos y deformes como si estuvieran clavados a ellos. He ahí la imagen tópica de los hunos: el pueblo feroz y nómada que prácticamente vive sobre la silla de montar, y he ahí también el desprecio que los romanos sentían hacia los bárbaros, léase hacia todos los que no eran ellos mismos. Cosa que antes ya habían hecho los griegos, y así podríamos seguir eternamente. Cuando nuestro historiador escribió estas palabras corría el año 380 y los hunos no se habían convertido en el terror del Imperio de Occidente. El origen de los hunos no es conocido con exactitud, aunque se supone que procedían del centro de Asia, de China ( los hiong-nu), de donde habrían sido expulsados.  Aparte de su legendaria habilidad como jinetes, los hunos eran diestros en el manejo del arco. El arco huno era de mayor alcance que el que usaban cualquiera de las tribus enemigas.
Para cuando Prisco (al que se le deben algunos de los testimonios más importantes sobre el legendario rey de los hunos) visitó la corte de Atila, se encontró un hombre que hablaba y escribía latín y que también se manejaba con el griego. Tenía consejeros de origen griego y romano. La corte era un lugar más refinado y su imperio había sido organizado de forma elemental, dividiéndolo en distritos, cada uno de ellos al mando de un comandante militar. Los pueblos sometidos por los hunos debían, es lógico, pagar un tributo, pero no había un sistema fiscal propiamente dicho, ni tampoco judicial. Atila había organizado su vasto imperio;  la corte de los hunos estaba muy lejos de ser la guarida de los animales bípedos antes mencionados. 
Atila  había subido al trono en el año 434, como de su tío Rugila. No estaba solo: junto a él era corregente su hermano, Bleda. Este murió en el año 440 en un accidente de caza o bien Atila se deshizo de su competidor.  Rugila y Atila ya habían hecho una incursión en los Balcanes, "asolando setenta ciudades", y habían llegado hasta las puertas de la capital del Imperio de Oriente, Constantinopla, causando el terror de sus habitantes. Ya como soberano indiscutido de los hunos, Atila se volvería hacia el Imperio de Occidente, gobernado por Valentiniano III.  Según la leyenda, su fe se veía reforzada por el hallazgo de una espada que permitía a su portador ser invencible en la batalla y conquistar el mundo. Otra historia no es menos rocambolesca e implica a la hermana del emperador.
Honoria era la hermana de Valentiniano III. Según algunas fuentes, despreciaba al emperador por su debilidad y había conspirado para asesinarlo, después de lo cual fue desterrada. Según otras, Valentiniano planeó su casamiento con un senador y ella se opuso. En todo caso se dice envió a Atila una carta acompañada de un anillo ofreciéndose a ser su esposa si la rescataba de su destino. El soberano huno se habría tomado en serio la propuesta, invadiendo el Imperio para reclamar a su prometida en el 450. Claro que, menos poéticamente, podemos deducir que las provincias orientales no suponían ya una fuente de riquezas para los hunos y por tanto buscaron fortuna en otras latitudes. Atila y sus huestes penetraron en la Galia, ocupando diversas ciudades y dirigiéndose a Orléans. Su avance lo detuvieron Aecio, "el último romano" y su aliado visigodo Teodorico en la Batalla de los Campos Catalaúnicos (451). Teodorico murió en combate. Atila y sus aliados fueron vencidos, pero pudieron retirarse con cierto orden, sin que Aecio los persiguiera. 
Al año siguiente, Atila invadió Italia. Después de la toma de Aquilia, Valentiniano III se sintió lo bastante espantado para huir de Rávena y refugiarse junto al Papa León I en Roma. Antes de que los hunos avanzaran hacia la Ciudad Eterna, y a sugerencia de un miembro del Senado, San León Magno fue a conferenciar con Atila. Según la tradición, al llegar el anciano junto a él, Atila vio a San Pedro y San Pablo que bajaban del cielo a su encuentro. Impresionado, Atila habría decidido no atacar Roma y dejar Italia. Parece que, menos románticamente, lo que el Papa había propuesto al huno era el pago de un tributo a cambio de que se retirara. Con el ejército diezmado por las epidemias, Atila habría aceptado el trato y emprendido el camino de vuelta, regresando a su corte. Los planes para atacar nuevamente Constantinopla (habían dejado de pagar el tributo acordado con los hunos) no se llevaron a cabo. En los primeros meses de 453, Atila decidió casarse con una hermosa princesa bactriana (o goda, según los autores), Ildico. Atila había hecho decapitar a su padre y es de suponer que Ildico no se sentía demasiado feliz cuando se celebraron sus nupcias con Atila. Este se retiró del banquete nupcial en un estado de embriaguez y amaneció muerto. Al parecer sufrió una hemorragia nasal y se ahogó en su propia sangre. A Ildico, la flamante esposa, la encontraron asustada y temblando en un rincón de la tienda. Normalmente se ha excluído a Ildico de toda responsabilidad en la muerte del rey de los hunos; así lo haría su contemporáneo Prisco. Otros autores más tardíos adoptarían la versión de que había sido Ildico quien había apuñalado a Atila durante la noche. En todo caso la muerte de su rey condujo a la desaparición del imperio que él había organizado. Sus hijos acabaron guerreando por la sucesión y los pueblos que los hunos habían sometido a su paso se rebelaron. Sólo un año después de la muerte de Atila, en 454, una coalición formada por algunos de sus antiguos vasallos derrotaba a los hunos en la Batalla de Nedao, donde también habría muerto (en combate o asesinado por uno de sus generales) el hijo mayor y heredero de Atila, Elac.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Attila: el argumento

Attila es una ópera en un prólogo y tres actos que tiene una cronología más o menos exacta que la sitúa en torno al año 453, fecha en la que murió Atila, el gran líder de los hunos. También la ubicación geográfica es clara: Aquileia, ciudad que en el 452 fue arrasada por Atila; hasta tal punto fue destruida que después se hizo difícil reconocer su primitiva ubicación. Otra leyenda que se relaciona con la destrucción de Aquileia es que Atila se permitió el lujo de construirse un castillo para ver arder la ciudad. Algunos de los personajes que intervienen en la obra verdiana son reales; desde luego su protagonista, pero también Ezio, basado en el "último romano" Flavio Aecio. Incluso Odabella podría asimilarse a la última esposa de Atila, Ildico. El argumento es pese a todo ello bastante endeble, pero no sería la primera ni la última ópera en adolecer de un libreto algo disparatado. 
Antes de que el telón se abra sobre una Aquileia devastada, podemos disfrutar de uno de los preludios más bellos escritos por Verdi. Con lo fácil que habría sido introducir una sinfonía llena de marcial patriotismo, el compositor creó una música tan bella como melancólica. Claro que también habría sido fácil convertir a Attila en un villano feroz, cuando, como veremos, es  un personaje noble y probablemente el único de todos los principales que no actúa con doblez. 
vídeo de xytor500
Prólogo. Los hunos acaban de tomar Aquileia, y tanto ellos como sus aliados celebran la victoria cantando las alabanzas de su soberano e invocando a Wotan (lo que es un elemento exótico, ya que poco se sabe de la verdadera religión de los hunos). No tarda en llegar el propio Attila, que después de alabar a los guerreros que han tomado la ciudad se sorprende cuando su esclavo Uldino hace pasar a un grupo de mujeres  que habían estado luchando contra los hunos y a las que, contra las órdenes de su señor, ha perdonado la vida. Entre el grupo está Odabella, la hija del soberano de Aquileia, que ha muerto en la toma de la ciudad. Cuando Attila averigua que las mujeres han estado luchando como guerreros, se extraña y pregunta a Odabella qué les ha impulsado a ello. Odabella responde con una encendida declaración de amor a su patria: las mujeres itálicas no son como las de los hunos, que se retiran a las tiendas y lloran por sus hombres, sino que empuñan las armas para defenderse. Al huno le fascinan la ira y la belleza de Odabella y le concede el favor que más desee. La joven pide que le devuelvan la espada. Attila le cede la suya. Odabella destina el acero a la venganza: Attila debe caer por su mano, y con su propia arma.
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Después de que Odabella y las demás mujeres salgan, Uldino anuncia a un enviado de Roma. Este resulta ser Ezio, un viejo conocido del guerrero huno. Ezio desea hablar a solas con Attila; en un primer momento le propone un pacto. Si deja Italia libre y bajo su mando se unirá a él y le ayudará a conquistar todo el Imperio, gobernado por incapaces. Attila no quiere oir hablar de ello. Si un guerrero noble como Ezio le propone un pacto de tal naturaleza, entonces es que el pueblo de Roma no merece respeto alguno y será conquistado por él. En ese caso, dice Ezio, no le queda otra opción que luchar contra él, como enviado de Roma. Además, recuerda a Attila que ya le ha derrotado en una ocasión.
vídeo de gtelloz
Entretanto, a las orillas de la laguna adriática, donde un día se alzará Venecia, los que han escapado de la toma de Aquileia han encontrado un refugio. Entre ellos se encuentra Foresto, el enamorado de Odabella. Foresto lamenta la suerte de la joven, a la que supone prisionera de Attila; la preferiría muerta antes que imaginarla cautiva y entre sus esclavas. Otros tratan de consolarlo con el pensamiento de que tal vez, la joven consiguió huir. En la laguna, Foresto vaticina que su patria volverá a surgir como el ave fénix, más espléndida aún, soberana de la tierra y de las aguas.
vídeo de ilmoggi
Acto Primero. Escena primera. En el campamento de Attila, todos duermen. Solo Odabella se pasea por los alrededores como cada noche, lamentando su suerte, ahora que los hunos no pueden ser testigos de su dolor. Evoca a su padre y a Foresto, pero su melancolía es interrumpida por un joven vestido de huno...
vídeo de callasdimitrova
...que no es otro que Foresto disfrazado. El primer impulso de Odabella es correr a sus brazos, pero, ante su estupor, su amado la rechaza. La ha visto en mitad de los banquetes de Attila, sonriendo al asesino de su padre, al destructor de su ciudad. Odabella le replica que pretende revivir la historia de Judith y revela el deseo de venganza que anida en su corazón. Foresto pasa de la ira a la admiración y ambos se abrazan, más unidos que nunca.
 
vídeo de coloraturafan
Escena segunda.  Attila se despierta en su tienda llamando a Uldino. Acaba de tener una pesadilla en la que un anciano dotado de un inmenso poder frenaba su avance hacia Roma. El terror lo ha dejado inmóvil, pero, despierto, intenta deshacerse de la sensación que le ha producido su sueño.
vídeo de Oneguin65
De modo que, desechando su visión, convoca a sus guerreros y  ordena el ataque a Roma.  
vídeo de Oneguin65
Sin embargo, en la lejanía se oyen cánticos que se aproximan... se trata de un cortejo de vírgenes y muchachos que preceden al papa León. Attila queda sobrecogido al ver que se trata del anciano de su sueño, que además pronuncia las mismas palabras: "¡Detente! Aquí te está prohibido el paso, pues este es el suelo de los dioses!" Cuando alza la vista, el huno ve dos figuras que empuñan espadas de fuego. Ante el poder divino, Attila se postra, en medio del estupor de sus guerreros, que nunca habían visto arrodillarse a su rey.
 
vídeo de margaloca
Acto segundo. Escena primera. Ezio se encuentra en el campamento romano, leyendo un mensaje de su Emperador. Este le ordena que regrese a la capital, puesto que la tregua con los hunos ha sido firmada. Al general no le hace ninguna gracia recibir órdenes del que considera un mozalbete sin cualidades para gobernar el Imperio, pero se dispone a obedecer. Recuerda nostálgico los tiempos en los que Roma estaba en su esplendor y se pregunta quién puede reconocerla ahora. Un grupo de esclavos entra en escena y le transmite una invitación de Attila al banquete, ahora que se ha firmado la paz. Cuando los hunos se marchan, uno de ellos se queda atrás. Es Foresto, que sigue disfrazado. Le anuncia la próxima muerte de Attila y le dice que esté preparado para atacar con sus legiones. Ezio se dispone a luchar; prefiere caer como el último de los romanos, sin ver el final del Imperio.
vídeo de gtelloz
Escena segunda. Attila celebra el banquete en su tienda, recibiendo con honores a Ezio, convencido de que su presencia es un garante de la tregua firmada con Roma. Le ordena que se siente a su lado, pese al consejo de sus druidas (!) que le dicen que la presencia del general es de mal augurio y que no debe admitirlo a su lado. El rey hace caso omiso. Después de que las sacerdotisas entonen su cántico, una tormenta estalla. Foresto aprovecha la oscuridad que reina en la tienda (pues el viento ha apagado las antorchas) para verter veneno en la copa de Attila. Odabella lo advierte y se enfurece, pues considera al huno una especie de propiedad privada. Si no lo mata ella personalmente, no lo matará nadie. Así que cuando la calma retorna y las luces son de nuevo prendidas, detiene al rey cuando va a beber de la copa y le dice que está envenenada. Foresto se adelanta acusándose del hecho y Attila lo reconoce. Odabella reclama al joven como esclavo a cambio de haberle salvado la vida al rey. Este le concede la petición, y hace algo más: ella será su esposa y su reina. Mientras Foresto maldice la traición de su amada, ella le suplica que huya. Lo único que le importa es que viva, aunque la desprecie. Foresto aprovecha la oportunidad. Mientras tanto, los hunos piden a Attila que reanude el ataque contra los romanos.
vídeo de sarguar
Acto tercero. En un bosque cercano al campamento de Attila, mientras se celebra la boda de éste con Odabella, Foresto espera noticias. Quien se las trae es Uldino, el esclavo personal del rey, que también forma parte del plan de ataque contra los hunos. Uldino le cuenta que el cortejo nupcial está a punto de llegar a la tienda de Attila. Cuando el esclavo se va, Foresto se lamenta de la traición de Odabella, por la que habría dado todo.
vídeo de gabrielpadilla
Llega Ezio, que sólo espera una señal para que sus guerreros ataquen. No habrá piedad. Ningún huno debe regresar a su hogar. Mientras suenan los cánticos nupciales, Foresto se desespera. Ezio le exige que se contenga por la causa. Aparece Odabella, vestida con todos los atributos reales y huyendo de la tienda nupcial. Le parece ver la sombra de su padre que la recrimina. Mientras Ezio, exasperado, exige que se de la señal de ataque, Odabella y Foresto se embarcan en una discusión: él cree que el arrepentimiento de la esposa de Attila llega demasiado tarde, Odabella responde que sólo lo ha amado a él y que su corazón se ha mantenido puro. Attila, persiguiendo a su flamante esposa, llega para encontrarse a los tres juntos. De inmediato comprende lo que sucede, y recrimina a los conspiradores. ¡La mujer a la que ha hecho su reina, el hombre a quien perdonó la vida (a pesar de que había atentado contra la suya) y el general romano se unen, a escondidas, contra él! Odabella se arranca los emblemas reales: la sangre de su padre se interpone entre ella y Attila. Los romanos asaltan el campamento. Antes de que nadie se le adelante, Odabella hunde la espada en el corazón del huno, invocando a su padre. "¿Tu también, Odabella?", pregunta el rey, moribundo. Los guerreros de Ezio celebran la victoria.

martes, 8 de septiembre de 2009

Favoritas de la casa: Attila

Attila se estrenó el 17 de marzo de 1846 en el Teatro de La Fenice, en Venecia. El libreto, basado en un drama alemán era de Temistocle Solera; este, que ya había trabajado con el compositor anteriormente (Nabucco, I lombardi, Giovanna d'Arco...) despediría con Attila su colaboración con Verdi. No es de extrañar que así fuera, porque el libretista se dedicó a perder el tiempo y a correr detrás de una mujer (la suya), acabando en España. Con lo meticuloso que era Verdi para los textos, la actitud de Solera debió exasperarle. El fiel Piave sería el que diese los toques finales necesarios al libreto. 
No fue el único problema que Verdi tuvo que afrontar durante la génesis de Attila. En primer lugar, tenía mala salud. Tanto que en Venecia llegó a correr el rumor de que Verdi había muerto. En segundo lugar, alguien tuvo la atención de hacerle llegar unas afirmaciones de Bartolomeo Merelli, el intendente de la Scala y el primer valedor de Verdi (el que le forzó a aceptar el libreto de Nabucco cuando había decidido dejar de componer), que había dicho que Attila era una obra miserable. La respuesta del compositor fue negarse a que Attila fuera representada en el teatro milanés, con el que rompió relaciones. 
A pesar de su accidentada gestación y de la acogida un tanto escéptica de la crítica, parte de la cual encontró en ella más buenas intenciones que realidades, el éxito de Attila fue rotundo desde el estreno. Parte de culpa tenía el evidente sabor patriótico de la obra, no sólo en la enfervorizada declaración de Odabella, la vengativa protagonista de la misma, o en las alusiones al tiranicidio (y la escenificación del mismo) sino, por supuesto, en la célebre frase que Ezio le dirige a Atila, Avrai tu l'Universo, resti l'Italia a me, que obtenía una entusiasta respuesta del público: A noi, l'Italia a noi! La noche del estreno de esta ópera que él mismo juzgaba superior a las que anteriormente había escrito, Verdi volvió a su alojamiento acompañado por una multitud que lo aclamaba.
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