Tal día como hoy de 1883 moría en Venecia uno de los músicos más influyentes y geniales de todos los tiempos, Richard Wagner. Una no es una wagneriana fanática y en cierto momento le tuvo hasta miedo. En fin, eso es lo que pasa por creer a pies juntillas en la famosa frase de Woody Allen sobre Herr Richard y la invasión de Polonia, sin haber escuchado otra cosa que la Cabalgata de las Walkirias, tan explotada por la publicidad y el cine que es uno de esos fragmentos musicales que algunos melómanos llegan a odiar con frenesí (en mi caso el puesto número uno lo ocupa el dichoso Bolero de Ravel, oh dioses, cuánto lo odio). Luego las cosas fueron cambiando. Vinieron el Holandés, y Senta, Tristán e Isolda, Tannhäuser, Venus y la pavisosa de Elisabeth, etc. En fin, que aprendí a amar la música de Wagner; cualesquiera que fuesen sus ideas, porque al fin y al cabo me interesaba el compositor. A los artistas los amo por su arte; cómo sean, o fueran, en privado no me preocupa.Sobre Wagner habría mucho que hablar, podríamos teorizar durante horas, y de su obra (que voy descubriendo poco a poco, con premeditada y hasta deliciosa lentitud) exactamente lo mismo. Mejor es escuchar su música. Este año me atreveré, por fin, a escuchar entero el Anillo, algo que deseo hacer desde hace tiempo. Entretanto, disfrutemos de una pequeña selección wagneriana...
La escena de la inmolación dirigida por Solti y cantada por la Nilsson (cualquiera diría que el estudio es un teatro con estos dos).
El propio Solti y Wolfgang Windgassen al alimón: muerte y marcha fúnebre de Sigfrido.