viernes, 23 de marzo de 2012

Ópera e Historia. Anna Bolena: "la más feliz"

Escribo esta entrada - y otras que seguirán - a modo de exorcismo. Anna Bolena, la ópera, me persigue. Ana Bolena, la reina, también muestra su "fantasma" en los últimos días. He sido a menudo víctima de fascinación por personajes históricos, lo que me lleva a obsesión que puede durar años y a la lectura compulsiva de volúmenes. Ana Bolena es uno de esos personajes que se pueden convertir en una peligrosa adición, incluso si tu esposa favorita de Enrique VIII - parece que todo el mundo tiene una - es Catalina de Aragón, con la que compartía varios rasgos. A saber, las dos eran mujeres inteligentes,  cultas y valerosas que afrontaron su final con admirable entereza. Las dos fueron víctimas de un hombre que merecería el apelativo que se dio a su sucesora.
Ana Bolena según el pintor del siglo XVII John Hoskins, que se habría basado en un retrato de Holbein hoy perdido
 
Existe cierta confusión sobre la fecha de nacimiento de Ana, que habría venido al mundo en 1501 o 1507, según las fuentes. La primera de las fechas parece más probable, ya que se conoce una carta que Ana envió a su padre cuando era dama de honor en la corte de Margarita de Austria, en 1513. Es imposible que una muchachita de seis años detentara tal posición, lo que haría más probable la fecha de 1501. La confusión se extiende incluso a si Ana era o no la menor de los hermanos Bolena, cuyo orden de nacimiento no está claro. Hoy la teoría más aceptada es que María era la mayor,  y Ana la mediana, si aceptamos 1501 como fecha de nacimento. Jorge, nacido en 1504, sería el menor de los hermanos. Otros dos varones murieron en la infancia. La grafía de apellido varía de Bullen  a Boleyn, que tradicionalmente se ha españolizado en Bolena.
La adolescencia de Ana transcurrió entre Flandes y la corte francesa, donde estuvo con su hermana María como dama de honor de la reina Claudia. La reputación de la mayor de las Bolena quedaría dañada de forma irremediable: la mayoría de los historiadores - aunque hay discrepancias - consideran que fue amante de Francisco I, que se refería a ella como mi yegua inglesa, a la que monto a menudo, aparte de dedicarle otras frases bastante menos delicadas. Cuando las dos jóvenes volvieron a Inglaterra María, casada con lord Carey, se convertiría en amante de Enrique VIII. Los Bolena buscaban así conseguir una mayor influencia en la corte. En cuanto a Ana, convertida en dama de honor de la reina Catalina de Aragón, se enamoró de Henry Percy, hijo y heredero del duque de Northumberland. El joven le correspondía, y el romance evolucionó incluso hasta un compromiso secreto entre los dos. Sin embargo el padre de Percy no veía con buenos ojos la relación. Tampoco parece haberlo hecho Enrique VIII, a quien se atribuye la ruptura del compromiso. Es más probable que el padre del joven y el cardenal Wolsey, arzobispo de Canterbury, fuesen los verdaderos motores de la ruptura. A Percy lo casaron con Mary Talbot, que años más tarde pediría la anulación de su matrimonio alegando la existencia del acuerdo con Ana. Henry Percy y Ana Bolena volvieron a verse en 1536, cuando él era miembro del jurado que la condenó a muerte. Él se desmayó cuando se dio lectura al veredicto. Ya era por entonces un hombre gravemente enfermo, que fallecería un año más tarde. Tal vez su desmayo se debió solo a su debilidad física o tal vez, si queremos una interpretación más romántica de los hechos, aún conservaba sentimientos hacia Ana.
 Ana Bolena, según el retrato conservado en el castillo familiar de Hever. Otra copia de una obra anterior.
Puede que la ruptura forzosa de su romance con Percy endureciera a Ana y acrecentara su ambición. O puede que en aquella corte y con la familia que le tocó en suerte la joven ya fuera ambiciosa de por sí.  Enrique comenzó a cortejarla poco después. Casado desde hacía veinte años con la reina Catalina, hija de los Reyes Católicos, había comenzado desde hacía tiempo a tener amantes. Con una de ellas, Bessie Blount, tuvo un hijo varón. También se le atribuye la paternidad de alguno de los hijos de María Bolena, asunto bastante discutido. Catalina se hacía la ciega al respecto. Ana no estaba, sin embargo, dispuesta a ser otra Bessie Blount u otra María Bolena, y decidió no entregarse al rey de inmediato, lo que como era de esperar sirvió de acicate para la pasión de Enrique. A ello se unía la necesidad de tener un heredero varón. Catalina había dado a luz seis hijos, entre ellos varios varones que murieron no mucho después de nacer. Quedaba como única superviviente la princesa María, una niña vivaz que tenía su propia corte desde los nueve años. Cuando Ana atrajo la atención de Enrique allá por 1525,  la reina  había dejado de ser fértil. Como hombre  capaz de convencerse a sí mismo de cualquier cosa según su capricho o conveniencia, Enrique aceptó la tesis de que, al haber contraído matrimonio con la viuda de su hermano, había cometido un terrible pecado. Su matrimonio estaba maldito y era preciso anularlo para contraer otro. El proceso de nulidad se complicó por la férrea resistencia de Catalina, que hasta el día de su muerte afirmó que el matrimonio con el príncipe Arturo no había sido consumado y que ella era la legítima esposa del rey, la verdadera reina de Inglaterra. Así lo entendió también el pueblo, que la adoraba y aun después de su coronación se refería a Ana Bolena como "la ramera del rey".Catalina, que además tenía el apoyo de su sobrino el emperador Carlos, luchaba no sólo por sí misma, sino por los derechos de su hija. Si el matrimonio era anulado María sería considerada fruto de una unión ilegítima y por tanto bastarda. La reina alegó que el tribunal inglés que debía decidir sobre la validez del matrimonio era incompetente y se negó a comparecer ante él. El asunto fue trasladado a Roma.
Arthur Hopkins: Enrique VIII y Ana Bolena
 Enrique no esperó a que el resultado llegase de la Ciudad Eterna. En 1533 se casó con Ana. El matrimonio del rey con Catalina fue declarado nulo por el arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer. Al año siguiente el Parlamento aprobaba la separación de la Iglesia Anglicana y dejaba de reconocer la autoridad del Vaticano.A Catalina le esperaban unos años más de vida, de residencia incómoda en residencia incómoda y sufriendo humillaciones a manos de Enrique, humillaciones que siempre se atribuían  con razón o sin ella, a los manejos de Ana. Incluso se insinuó, a la muerte de Catalina, que Ana había hecho que la envenenaran, cosa poco probable a pesar de la paranoia que comenzó a afectar a la nueva reina. Hay que tener en cuenta que, sobre todo dependiendo de las fuentes, sobre la segunda esposa de Enrique VIII circulan todo tipo de mitos, a cada cual más grotesco. Por ejemplo, que tenía tres pechos, seis dedos y que practicaba la brujería algo de lo que el propio Enrique la acusará cuando quiera librarse de ella. En realidad y, rumores aparte, los retratos de Ana no permiten hacerse una idea de su verdadera apariencia. Sí parece haber consenso en que, con su cabello oscuro y sus ojos negros, no se la consideraba una belleza. Al menos no correspondía al canon de la época, que prefería a las mujeres rubias y de ojos claros, como era la propia Catalina, y como sería Jane Seymour. Ana tampoco era especialmente sumisa, su temperamento era vivaz, su ingenio veloz y su lengua, afilada. Todos esos elementos contribuyeron a la atracción, más bien obsesión, de Enrique. Además Ana estaba embarazada y podía darle el heredero que tanto ansiaba.
Isabel I a los trece años.
Pero el Destino quiso contrariar los deseos de Enrique, y así el 7 de septiembre de 1533 nacía Isabel, la futura Reina Virgen. La decepción fue grande, pero no obstante Isabel fue nombrada heredera y bautizada lujosamente - aunque no tanto como lo habría sido un príncipe -; la recién nacida desplazaba así a su hermana María, ahora considerada bastarda. Ana veía a la joven como una amenaza para su hija - también lo era para ella, debido a su popularidad - y así la sometió a diversas humillaciones, pretendiendo que sirviera a Isabel como doncella. Despojada de su título de princesa y privada de la presencia materna, la joven se negó a reconocer a Ana como esposa de su padre. En los últimos años de su breve reinado, Ana intentó remediar la situación,  iniciando un acercamiento a María, que ésta rechazó. Después de todo lo que había pasado era ya tarde. Si bien resulta tentador atribuir a Ana el papel de madrastra malvada - y desde luego no fue la mejor de las posibles -, no hay que olvidar que Enrique siguió mostrándose cruel con su hija después de la ejecución de su segunda esposa. Entretanto, el heredero varón, la salvación de Ana, no llegó jamás. La reina sufrió varios abortos y Enrique acabó impacientándose. Peor, comenzó a pensar en deshacerse de su esposa. Mantuvo varias aventuras con otras mujeres, lo que la enfurecía. La respuesta de Enrique era que Ana debía resignarse, como habían hecho otras mejores que ella.
La sucesora de Ana, Jane Seymour. Hans Holbein el Joven.
Lo que una dama de honor había hecho, otra podía repetirlo. Ese era el temor de Ana, que se vio confirmado cuando el rey puso su mirada en Jane Seymour. Fue ya en 1536, después de otro de los abortos de Ana. Tampoco está clara su fecha de nacimiento, aunque se suele citar 1508, 1509 o 1510. Llevaba tiempo en la corte; antes de entrar al servicio de Ana, había sido dama de honor de Catalina de Aragón. Como los Bolena, los Seymour vieron en el interés del rey un modo de prosperar. La joven también había aprendido de Ana y no se entregó de inmediato al rey, pero donde la Bolena había brillado por su ingenio y por su carácter audaz, Jane se mostraba dulce, modesta y tímida. Tampoco era, al contrario que Catalina o Ana, particularmente instruida. El contraste entre las dos mujeres espoleó el deseo de Enrique. En cuanto a Jane, si era una doncella inocente, un instrumento de su propia familia, o una mujer calculadora, es algo difícil de discernir. Otro acontecimiento sellaría el destino de Ana: la muerte de Catalina de Aragón. Aunque nadie lo hubiera dicho, al contemplar la alegría que la desaparición de la primera reina causó en la pareja.  Se supone que el aborto de Ana tuvo lugar el mismo día del entierro de su predecesora, si bien se atribuye a la preocupación que le causó una caída que había sufrido el rey. Según el embajador imperial Chapuys se trataba de un niño. Dios no quiere que tenga hijos varones, sentenció Enrique. No era sólo culpa de la reina, al parecer. El que había sido en su juventud el más apuesto príncipe de Europa se había convertido en un hombre cada vez más grueso sujeto, entre otros problemas, a episodios de impotencia. La propia reina -en uno de sus momentos de peligrosa locuacidad- lo había comentado en alta voz.
Ana Bolena en la Torre. Edouard Cibot (1799-1877)
No pocos historiadores - entre ellos Eric Ives o Alison Weir - atribuyen la caída de Ana a una trama urdida por Thomas Cromwell, que antes había sido uno de los apoyos de la Bolena. ¿Motivos? Cromwell perseguía un acercamiento a Carlos V. El Emperador era, como se recordará, el sobrino de la desaparecida Catalina de Aragón. Además Ana era relativamente fácil de eliminar: no tenía, al contrario que su predecesora, un poderoso apoyo de una familia real y sí bastantes enemigos. Con Catalina muerta, a ojos de la mayoría de las monarquías europeas Enrique era viudo y podía contraer un nuevo enlace que le proporcionara un heredero. El largo proceso de nulidad no era necesario en este caso: bastaba eliminar el obstáculo. En abril de 1536 fue detenido el músico Mark  Smeaton. Bajo tortura, confesó haber sido amante de la reina. El hecho de que en la fecha que la relación se había consumado, según esta confesión, los dos estuvieran en lugares distintos, no fue un impedimento para poner en marcha la maquinaria que destruyó a Ana. Después de Smeaton dieron con sus huesos en el calabozo Sir Henry Norris, Sir Francis Weston, Sir William Brereton, Sir Thomas Wyatt, Sir Richard Page y el hermano de Ana, George. Acusada de adulterio  - lo que en su caso equivalía a traición - y de incesto, la reina fue a su vez detenida el 2 de mayo de 1536. Al llegar a la Torre de Londres - el mismo lugar donde se había alojado antes de su coronación - sufrió una crisis nerviosa. Mientras tanto, Enrique y su nuevo amor Jane Seymour se exhibían en barca por el Támesis.
La Torre de Londres en un grabado decimonónico
En cuanto al juicio, podemos considerarlo como una parodia de tal... ¿Y Ana? Pocos historiadores defienden hoy que fuese culpable de los cargos. Incluso un detractor como el embajador imperial Chapuys no pensó seriamente que Ana fuese una adúltera traidora. La lógica más elemental nos indica que alguien de su inteligencia, que ha conseguido encaramarse al trono a base de tantos esfuerzos, no lo arriesgaría todo de forma tan absurda. Pero sí era cierto que la reina era desenvuelta, que disfrutaba de la compañía de los hombres y que en su corte los juegos del galanteo y del amor cortés imperaban. Aunque fuera inocente, muchos creyeron en su culpabilidad. El juicio de Ana fue veloz; presidía el tribunal su tío el duque de Norfolk y estaba entre los miembros del jurado su propio padre. La reina había recuperado su presencia de ánimo y parecía aguardar la muerte no sólo con tranquilidad, sino incluso con cierto alivio. La pena para su delito habría sido ser quemada viva, pero Enrique la conmutó por la decapitación. Otro gesto de piedad, por así decirlo, fue hacer llamar a un verdugo francés que manejase la espada con maestría. Ana se libraba así de los horrores de una ejecución torpe con el hacha - basta recordar lo que sucedería décadas más tarde con María Estuardo. La reina - cuyo matirmonio con Enrique fue anulado - tuvo los redaños de bromear acerca de la delgadez de su cuello, que facilitaría la labor del verdugo. El 19 de mayo, con una enagua roja bajo sus grises vestiduras, Ana subía al cadalso. Antes de morir, pronunció con semblante sonriente un discurso que, con diversas variantes según la fuente, fue el siguiente:
«Buena gente cristiana, he venido aquí para morir, de acuerdo a la ley, y según la ley se juzga que yo muera, y por lo tanto no diré nada contra ello. He venido aquí no para acusar a ningún hombre, ni a decir nada de eso, de que yo soy acusada y condenada a morir, sino que rezo a Dios para que salve al rey y le de mucho tiempo para reinar sobre vosotros, para el más generoso príncipe misericordioso que no hubo nunca: y para mí él fue siempre bueno, un señor gentil y soberano. Y si alguna persona se entremete en mi causa, requiero que ellos juzguen lo mejor. Y así tomo mi partida del mundo y de todos vosotros, y cordialmente os pido que recéis por mí. Oh Señor ten misericordia de mí, a Dios encomiendo mi alma
Ana se arrodilló entonces, dejando que sus damas le quitaran el tocado y vendaran sus ojos. Ella, mientras tanto, repetía A Jesucristo encomiendo mi alma, que Dios reciba mi alma. La leyenda nos cuenta que el verdugo se conmovió y decidió distraer a la víctima en el último momento. Ana fue decapitada de un solo golpe. Sus damas cubrieron el cuerpo con una sábana blanca. El cuerpo fue trasladado a la cercana capilla de San Pedro ad Vincula, donde fue enterrado  en una tumba sin nombre, en el presbiterio. Años más tarde se le reuniría otra reina de Inglaterra - y prima de Ana -, Catalina Howard. Isabel I no pensó en rehabilitar la memoria de su madre ni en darle una tumba más digna. Habrá que esperar a la restauración del siglo XIX para que las dos tumbas fuesen debidamente identificadas, con los títulos reales incluídos.

Pero, ¿cómo se trasladó esa historia al libreto de Felice Romani? La solución, en otra entrada.

4 comentarios:

Pablo dijo...

Genial apunte biográfico, Nina. ¿Has visto la película "Un hombre para la eternidad"? Apenas aparece el personaje de Ana Bolena y se toma sus licencias históricas, ensalzando obviamente al protagonista (Tomás Moro), pero es es una película magistral sobre el surgimiento del anglicanismo. Un saludo.

Nina dijo...

La verdad es que no, aún no he podido hacerlo. De las que he visto la que mejor parece reflejar esta historia es "Ana de los mil días". También vi la de las hermanas Bolena, pero esa para echar unas risas y contemplar el vestuario.

Pablo dijo...

De "Ana de los mil días" tengo tan solo un borroso recuerdo de haberla visto en mi infancia. A ver si vuelvo a ella...

Graciela D. Ortuño L. dijo...

Interesante! no se si tienes algún dato de donde se puede conseguir el pdf del diario de Ana Bolena, en español.

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