miércoles, 7 de mayo de 2008

Salieri (I)


Murió un día como hoy, de 1825. Dejaba atrás una vida que en los últimos años no había sido fácil. Ciego, demente, se dice que proclamaba en alta voz que había asesinado al que fuera su rival, Wolfgang Amadeus Mozart. Se dice. Con ese "se dice", Pushkin construyó un relato, Rimsky-Korsakov una ópera, Peter Shaffer una obra teatral y Milos Forman una película. Entre todos mataron la fama póstuma de un gran compositor que tuvo la gran desdicha de convivir con un genio, en la misma ciudad y en la misma época, y mancharon su nombre. Y aunque en vida la suerte sonrió más a Salieri que a Mozart (cuya genialidad no necesita de ser exaltada), el Romanticismo exaltó tanto al salzburgués que encontró placer en rebajar a todos los que "compitieron" con él. Como si hiciera falta. El cine lo convertiría en un malvado digno del libreto más infumable, eternamente peleado con los pentagramas, incapaz de componer a derechas, siempre envidioso. El cine se olvidó de precisar que había sido el maestro de Beethoven, de Schubert, de Liszt, de Meyerbeer, de Hummel. Eso no interesa al cine, ni a la literatura, parece (otra cosa que parecía interesar al cine era retratar a Mozart como un tipo irritante y tontorrón, pero eso es otra historia...).

Murió un día como hoy, y su alumno favorito, Schubert, fue el encargado de dirigir el Réquiem que su maestro había escrito tiempo atrás. Su propio Réquiem, no porque tuviera la impresión (como tuvo Mozart al cumplir el encargo del conde Walsegg, aquél que quiso apropiarse de la composición) de componerlo para sí. Salieri no compuso su misa de difuntos moribundo y exánime. La compuso años antes de morir, a conciencia. La muerte a principios del siglo XIX era otra cosa. Estaba eternamente presente, y no había, como hoy, necesidad de esconderla.

Antonio Salieri había nacido el 18 de agosto de 1750 en Legnano. Su hermano, Francesco, fue su primer maestro, labor que compartía con un organista local, Giuseppe Simone (a corta edad, Antonio ya tenía sus ideas acerca de la música y no dudaba en criticar a un monje al que escuchó tocar porque era "un mal organista"). Se cuentan historias acerca del amor por la música del pequeño, que en cierta ocasión se escapó de casa para oír a su hermano, al parecer un violinista notable (y fue castigado por ello). Francesco estudiaba con Giuseppe Tartini (1692-1770), un compositor y violinista veneciano. Antonio también comenzó a estudiar con él el clave y el violín con él. Entre 1763 y 1765 los padres de Salieri mueren. El muchacho permanece en Padua hasta 1766. Luego marcha a Venecia, donde le llevó un amigo de su padre, Giovanni Mocenigo. Bajo su protección, Salieri continúa estudiando con Giovanni Pescetti y Ferdinando Pacini. Este último lo presentaría al compositor de cámara de la corte de Viena, Florian Leopold Gassmann (1729-1774). Salieri impresionó lo bastante a Gassmann como para que a su regreso a Viena llevase consigo al joven, al que instruyó en composición, especialmente en lo relativo a la ópera. Antonio no lo sabía, pero Viena sería su hogar por el resto de su vida, y el lugar donde cimentaría su carrera.
Parecía que la suerte le sonreía. No mucho después de su llegada conocería al emperador José II, por mediación de su "segundo padre", Gassmann. Una vez más, Salieri impresionó a su interlocutor. Más tarde Salieri sería definido como "un gran diplomático". Se las apañó para establecer relaciones amistosas con el Emperador, con Gluck, con Metastasio, y muchos otros. Además siempre cuidaría de la familia de Gassmann, muerto en 1774. En 1769 (Gasmann estaba ausente, en Italia, y las labores de composición recaían en Salieri) estrenaría su primera ópera (una ópera bufa), Le donne letterate. Fue un éxito. En 1771 estrenaría Armida, su primera ópera seria.

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