sábado, 14 de noviembre de 2009

La Vestale: el argumento (III)


 El Triunfo romano, de Rubens.

Llegamos al final del Acto I, el que más mutilaciones ha sufrido a lo largo del tiempo. Y es que el ballet que cierra la escena triunfal sólo ha sido incluído en dos de las relativamente escasas grabaciones de La Vestale a las que podemos acceder. Desde luego, no tengo conocimiento de qué se hizo anteriormente. No estaría mal que alguien tuviera en un rincón una de las grabaciones de Ponselle (al menos se sabe  por alguna biografía de la soprano que la del Maggio de 1933 fue emitida por la "antepasada" de la RAI), aunque no creo que entonces se dejara de aplicar el corte. Ni siquiera en la grabación de estudio de la casa Orfeo se introdujo la escena completa (lo que ya tiene delito, tratándose de un estudio de fecha relativamente moderna). Así que, a riesgo de equivocarme, el primer intento de "resurrección" del ballet  del Acto I (no del correspondiente al III) debe atribuirse a Antonino Votto, que lo rescató, en parte, para la noche de San Ambrosio de 1954, en la edición protagonizada por Maria Callas y Franco Corelli. Después, más años de cortes hasta otra noche de San Ambrosio, pero la de 1993, gracias a Riccardo Muti, que sí incluye los dos ballets en su grabación. Pero ya se hablará de la discografía, que aún carece de una grabación que podamos llamar "definitiva". Ahora, sigamos con nuestra historia.
Después de la desesperada petición de Julia a la misericordia de los dioses, se introduce en el Foro el cortejo triunfal. Se hace prácticamente sin solución de continuidad, pues La Vestale es una obra que no tiene números claramente cerrados y bastante unitaria. Tanto el compositor como su libretista pensaron en una escena espectacular, a juzgar por las indicaciones de De Jouy: el cortejo llega a la plaza desde diversos puntos; está precedido de una multitud que llena el fondo del escenario. Vienen seguidos por los sacerdotes de distintos templos, a la cabeza de los cuales marcha el Sumo Pontífice, el jefe de los arúspices, el Senado, los Cónsules, las matronas y los guerreros. Cuando esta primera parte del cortejo ha pasado, las vestales salen del templo: la Gran Vestal porta el Paladio (...) El carro del triunfador aparece, está precedido por músicos (...) y arrastrado por esclavos encadenados. Los generales enemigos, prisioneros, siguien el carro (...) Cinna marcha a la cabeza de las tropas. Los versos tampoco estaban elegidos al azar.

 

CHOEUR
De lauriers couvrons les chemins;
Ornons le temple de Cybèle.
Dans nos murs glorieux la paix enfin rapelle
Le vainqueur des Gaulois, le vengeur des Romains.

GUERRIERS
Le trépas ou l’esclavage
Allai être le partage
Des enfants des Romulus;
Licinius de l’aigle altière
Ranime l’audace première;
Et nos ennemis sont vaincus.

LICINIUS
Mars a guidé nos pas aux champs de la Victoire,
Nos étendards sont triomphants;
Les Romains sont encor les enfants de la gloire,
L’honneur des nations, et l’effroi des tyrans.
Des succès que leur man dispense
Rendons grâce aux dieux immortels,
Et que l’encens de la reconnaisance
Brûle sur leurs autels.

FEMMES, VESTALES ET PRÊTRES
Il done la paix à la terre,
Que son nom soit adoré!

CHOEUR
Il est l’arbitre de la guerre,
Que son nom soit honoré!



CORO
Cubramos de laureles los caminos;
Adornemos el templo de Cibeles.
A nuestros muros gloriosos la paz al fin llama
El vencedor de los galos, el vengador de los Romanos.

GUERREROS
La muerte o la esclavitud
Habría sido el destino
De los hijos de Rómulo;
Licinius, del Águila orgullosa,
Reanimó el antiguo valor,
Y nuestros enemigos fueron derrotados.

LICINIUS
Marte ha guiado nuestros pasos a los campos de la Victoria,
Nuestros estandartes triunfan;
Los Romanos son todavía los hijos de la
Gloria,
El honor de las naciones y el temor de los tiranos.
De los éxitos que sus manos nos dispensan, demos gracias a los dioses inmortales, y que el incienso de la gratitud arda sobre sus altares.

MUJERES, VESTALES, SACERDOTES
¡Él ha llevado la paz a la tierra,
Que su nombre sea adorado!

CORO
¡Él es el árbitro de la guerra,
Que su nombre sea adorado!


Sólo hay que pensar en la predilección que la corte imperial dispensó a Spontini (que estrenó La Vestale, entre otras cosas, porque la Emperatriz Josefina se encaprichó de la obra) y en la eficaz propaganda napoleónica para entender a quién se refieren los versos de De Jouy, por más que nos cueste un poco identificar a Napoleón Bonaparte con la faceta pacificadora. Tal vez los versos habrían encajado más en el Consulado que en 1807. El Emperador vería el filón y le encargaría Fernand Cortez para apoyar propagandísticamente su invasión de España, comparando a los sacerdotes aztecas y su fanatismo con la Iglesia. Que tal como se dieron las cosas, la exaltación de un héroe español era un arma de doble filo salta a la vista. En todo caso, Spontini se llevaría en 1810 un premio por La Vestale, el de mejor ópera de la década.

Después de la llegada del cortejo y de la aparición de las Vestales, Julia y Licinius pueden al fin  verse brevemente. A la temblorosa protagonista le toca consagrar el laurel  que el pueblo de Roma ha destinado al vencedor (pasándolo sobre el fuego sagrado de Vesta) y coronarlo, repitiendo la fórmula que le indica la Gran Vestal: Noble héroe/recibe en este día/el trofeo de la gloria/que sea el sello de tu victoria/y lo sea de nuestro amor. Licinius aprovecha el instante para decirle a su amada que irá esa misma noche a buscarla al templo para llevársela. La llama sagrada palidece entonces, pero sólo el Pontífice lo advierte. Tienen entonces lugar los festejos y los juegos, donde se encaja el ballet:

Concluidos los juegos, el Pontífíce dispersa a la multitud, ya que Licinius tiene que acudir al Capitolio para allí celebrar un sacrificio en honor a Júpiter. Con la repetición del coro que iniciaba la escena triunfal  se concluye el Acto I.
 

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